“LA PERLA DE MURCIA” – HISTORIA DE LA ÚLTIMA EJECUCIÓN

9 Ene

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Foto publicada en (Fotos Antiguas de Murcia)

“La Perla de Murcia”

Murcia, allá por el año 1.893. Calle porche de San Antonio. Casa de huéspedes “La Perla de Murcia”, propiedad del matrimonio compuesto por Tomás Huertas Cascales, de 34 años y Josefa Gómez Pardo de 32, murcianica de extraordinario porte y belleza. Eran padres de dos hijos, de ocho y seis años. No parecían un matrimonio feliz a juzgar por sus frecuentes discusiones. Josefa ejercía excesiva autoridad sobre el marido, lo que producía tensiones, a pesar del temperamento pacífico de Tomás.

Durante algún tiempo tuvieron como huésped a Vicente del Castillo, de 36 años, casado, llegado a Murcia por razón de su cargo en la Secretaría de Instrucción Pública. Había sido licenciado del Ejército con el empleo de sargento, sirviendo algunos años en Cuba. Era un hombretón moreno, de gran prestancia y apostura. Luego, alquiló una casa y trajo a vivir la ciudad a su mujer e hijos.

El 8 de diciembre, Tomás dijo a Josefa que se iba a pasar la tarde en el teatro Romea. Almorzaron juntos en casa y tomaron café de puchero. Tomás no llegó a apurar su taza. Se quejó de lo amargo que estaba. Luego, se puso su capa y se fue al teatro por la calle. No pudo andar más de cuarenta pasos. Cayó retorciéndose en el suelo. Unos vecinos lo llevaron a su casa, agonizante.

En la fonda, Francisca Griéguez, doméstica, de 13 años, se sintió también enferma mientras se peinaba en su cuarto. Al retirar las tazas de café y ver que la de Tomás estaba mediada, se la bebió. Acudió un médico, que halló a ambos cadáveres.

Josefa, en medio de una gran confusión, se sintió enferma y se metió en la cama.

Acudió el juez de guardia, acompañado del Secretario del juzgado y de la Guardia Civil. El magistrado ordenó que los cadáveres, negros y desfigurados por la ponzoña, fueran trasladados al pabellón de autopsias del hospital.

Tras la primera declaración ante el juez, Josefa fue ingresada en prisión, al igual que Vicente, que había sido su huésped hasta pocos días antes. La declaración de mayor trascendencia fue la de una doméstica de la fonda que mencionó la existencia de una botella de ron “Negrita” que su dueña le había ordenado esconder. Se pudo averiguar que existía amistad (y bastante más), entre Vicente y Josefa. Padecía éste del estómago y le habían recetado un medicamento compuesto (en pequeñísimas dosis) de estricnina, conseguida a través de un estudiante que vivía en la misma fonda cuyo padre regentaba una botica.

El juez se incautó de la botella de ron, que había sido arrojada al pozo de la casa, situado en el patio. Se procedió a la autopsia de los cadáveres que demostró su muerte por envenenamiento. Por declaraciones de Josefa se supo que había administrado a su marido cierta cantidad de estricnina en el café, por sugerencia de su amigo Vicente, con el fin de amortiguar sus celos y amor por el juego.

La fonda quedó cerrada por orden del Juzgado e incomunicados los detenidos. Por declaraciones de una doméstica se supo que las relaciones amorosas existentes entre Vicente y Josefa no eran un secreto para el marido. Fueron careados los detenidos y aclarados los móviles de los envenenamientos, quedando presos a la espera de juicio.

El 21 de noviembre de 1.895 la sala de lo criminal de la Audiencia Provincial estaba abarrotada de público. Josefa vestía de negro, al igual que Vicente. Negó Josefa haber matado deliberadamente a su marido, alegando que le dio la estricnina en el café para quitarle los celos y su afición a las cartas. Vicente alegó que la estricnina la usaba para calmar sus dolores de estómago (por prescripción facultativa) y negó haberla comprado para matar a Tomás.

El fiscal acusó de dos asesinatos a Vicente y a Josefa de parricidio y asesinato. La sentencia fue de pena de muerte para Josefa y cadena perpetua para Vicente, siendo recurrida y sancionada por el Tribunal Supremo.

El 28 de diciembre llegó a Murcia el verdugo titular de Valencia escoltado por la Guardia Civil. Era un individuo bajo de estatura, flaco, renegrido. Iba vestido de negro. Una muchedumbre lo esperaba en la estación, abucheándole. Ningún cochero lo quiso trasladar a la cárcel. El ayuntamiento de Murcia, en sesión extraordinaria, pidió el indulto de Josefa y hasta se remitió un telegrama al Papa solicitando su intervención ante el gobierno de España.

El cadalso se levantó el 29 de octubre, junto al Molino del Marqués. La noche anterior, Josefa, entró en capilla, siendo confortada con los auxilios espirituales de la Religión por varios sacerdotes. El verdugo la visitó y le pidió perdón. Josefa lo perdonó de todo corazón. A las 8,25 de la mañana Josefa subió al patíbulo con gran entereza. Le cubrió la cabeza un sacerdote y fue rápidamente agarrotada. Presenció la ejecución una muchedumbre indignada y vociferante de aficionados al género. A la mañana siguiente cerraron todos los comercios de la ciudad en señal de luto. Fue la última ejecución pública de la historia judicial española.

Fdo. Capitán Centellas

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