La invención de reliquias en los primeros siglos del cristianismo (Blog, Paseando por la Historia)

20 Dic

Mano de San Juan Crisóstomo

El culto a las reliquias no existía en los primeros años de la era cristiana, sino que apareció en el siglo IV. Después de la cristianización del Imperio Romano se convirtió en un elemento constitutivo de la nueva religión. Sin embargo, sólo está documentada la existencia de un número muy pequeño de tumbas “santas”, lo que explica los descubrimientos “milagrosos” ocurridos en primer lugar en las provincias orientales del Imperio, para satisfacer las necesidades del culto. No obstante no aparecieron reliquias en cualquier momento o lugar, por lo que para comprender mejor este fenómeno hay que examinar los diferentes casos en su contexto histórico.

Según se lee en los Hechos de los Apóstoles (8:2) “los hombres piadosos llevaron a Esteban a su entierro e hicieron gran llanto sobre él”. Esta frase resume adecuadamente el destino reservado a los primeros mártires. Los fieles consideran que es un deber recoger los cadáveres y enterrarlos con dignidad.

Sin embargo, las cosas cambiaron con el tiempo y se organizó algún tipo de culto comunitario entre los cristianos. A mediados del siglo III, iglesias como la de Cartago y Roma comenzaron a desarrollar listas completas de los aniversarios de los martirios con el fin de conmemorarlos. A principios del siglo IV, en su libro sobre los mártires de Palestina, Eusebio de Cesarea escribió por primera vez que “Pamphilius y sus compañeros recibieron un funeral conveniente y, como era costumbre, fueron enterrados”. Sin embargo, en una segunda edición del texto podemos leer que “fueron colocados en las casas santas de oración, para un recuerdo imperecedero, para ser honrados por el pueblo de Dios”.

Cabeza de Santa Catalina de Siena

De hecho, a partir del año 313 empezaron a surgir por todas partes lugares de devoción. No sólo en torno a las tumbas de los mártires, sino también a las tumbas de los patriarcas y profetas del Antiguo Testamento, así como a los lugares santificados por la presencia de Cristo. Pero de muy pocos de estos lugares se conocía su ubicación, por lo que se hizo necesario explorar catacumbas y cementerios para localizar a los mártires y erigir templos. La mayoría de las veces estos descubrimientos se producían de manera “milagrosa” o después de una revelación divina.

Los primeros descubrimientos de este tipo se produjeron en el siglo IV, principalmente en Jerusalén y los Santos Lugares. Por ejemplo, la primera mención que se conoce es precisamente el informe de Eusebio de Cesarea sobre la tumba de Cristo, la cual reclama como monumento sagrado para la veneración de los fieles y que se encontraba oculta bajo un templo pagano.

En el año 379, el entonces obispo de Constantinopla, Nacianceno, cuenta cómo una mujer cristiana había ocultado en su casa el cuerpo del mártir Cipriano durante las persecuciones, y cómo fue encontrado gracias a una revelación divina.

En el año 384 tenemos el testimonio de la peregrina Egeria, que se refiere al descubrimiento de la tumba de Job en Arabia. Alguien le explicó que un anacoreta había visto el lugar en una revelación. Informado el obispo realizaron excavaciones encontrando una cueva y, dentro de la cueva, una tumba en la que se leía el nombre de Job. A continuación construyeron una iglesia cuyo altar fue situado justo encima de la tumba. Este es el patrón estándar para la invención de las reliquias.

En el año 386 el obispo Ambrosio construyó una iglesia en un cementerio a las afueras de Milán y los fieles querían que fuese consagrada como depósito de reliquias, tal y como se había hecho anteriormente en Roma. El obispo tuvo de repente una especie de inspiración y ordenó excavar el suelo, encontrando los restos de dos personas, de las que se dijo que eran los mártires Gervasio y Protasio. Las supuestas reliquias fueron enterradas bajo el altar y se procedió a la consagración de la nueva basílica. Al igual que ocurrió con la tumba de Cristo, este descubrimiento fue consecuencia de una explícita necesidad de buscar y encontrar, cuyo objetivo sería atraer la devoción popular hacia las reliquias de santos bajo el control de la Iglesia.

En el año 401, el Concilio de Cartago ordena la destrucción de los altares erigidos en las tumbas de los mártires descubiertas por supuestas revelaciones divinas ya que no se podía constatar su veracidad. Pero las cosas cambiaron e incluso algunas personas al principio reticentes, como San Agustín, se convirtieron en orquestadores del culto a las reliquias.

Cabeza de San Cándido

El ejemplo de Milán muestra también la naturaleza política de estos descubrimientos asombrosos. Aquí, el hallazgo se produjo inmediatamente después de un conflicto entre Ambrosio y el tribunal de Milán, por su negativa a la construcción de una iglesia para los arrianos, exigida por la madre del emperador Valentiniano II. Así, con el descubrimiento de Gervasio y Protasio, Ambrosio podía demostrar que Dios estaba de su parte.

Las invenciones de reliquias servían para apoyar y fortalecer la cristianización del Imperio. Muchas veces se producían en torno a elementos naturales como árboles, manantiales, montañas o cuevas, casi siempre lugares sagrados del paganismo. Así, el centurión Cornelio fue descubierto cerca de un templo de Zeus en ruinas, mientras que la iglesia de San Jorge de Esdras fue erigida después de una aparición del santo sobre un antiguo templo.

Es curioso que la mayoría de las reliquias aparecían en grandes obispados y patriarcados los cuales eran también grandes ciudades, asientos de la autoridad civil o residencias imperiales. Generalmente había algún obispo mezclado en el asunto, al que el evento podría acarrearle un beneficio personal, como el fortalecimiento de su posición. No es casualidad que la cabeza del Bautista apareciese durante el episcopado de Ouranios, un obispo muy impopular que incluso había tenido que huir acusado de herejía.

Para entender por qué la gente inventaba reliquias en los principios del cristianismo, dependemos de fuentes de diversos tipos y diferentes puntos de vista. Si bien por lo general la hagiografía pone de relieve la autoridad de un obispo, la historiografía pone de relieve la figura de un emperador. Un descubrimiento sancionado por el obispado así como por el reino bajo el cual se producía, venía a constatar que Dios recompensaba la piedad de obispo y rey, validando su política y legitimando su autoridad.

Fuente:
* http://www.revistamirabilia.com/issues/mirabilia-18-2014-1

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