EL DESPECHO – (Fragmento de una novela) – Francisco Ortega Bustamante.

12 Mar

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…y las piedras del camino, se metían entre sus dedos ya cansados de caminar casi descalza. Levantaba su mirada de cuando en cuando, para sentirse acompañada por las estrellas que brillaban en un firmamento que, le ofrecía abstractas figuras del miedo. Seres, quizá, que parecían revivir de la mitología griega. Gigantes, ogros deformes o dioses camuflados con los velos negros de la noche.

Sonia, arrastraba extenuada, ese liote anudado con algo de sus viejos ropajes como único ajuar en su vida, mientras miraba hacia lo alto de un mediano promontorio que arrancaba desde el mismísimo camino. Se detuvo al llegar a una curva que le cerraba la visión con unos cuantos ramajes muy leñosos. Sentía miedo a zambullirse entre las sombras más acusadas – si cabe – que las que ya dejó camino atrás.

Ascendió hasta la cima de aquél montículo, a través de un estrecho sendero que encontró, aunque más bien parecía pertenecer a los noctámbulos animales que buscan su alimento cada noche, dejando así un rastro de pisadas y tierra en blanco, haciendo que resalte en la oscuridad. Ella pudo verlo. Una vez arriba y, buscando una mejor visión que le orientara, rindiose ante el cansancio y la oscuridad que le asfixiaba. Durmió entre unos árboles y matorrales como improvisada cama.

El despecho de un amor truncado, fue el detonante que le hizo huir de su pequeña aldea en busca de aires de otras tierras, puesto que a veces, el amor no comprendido, puede ser el detonante de una explosión como la que estalló en su propio pecho. Muy dolida y vacía, anduvo por caminos y senderos sin brújula que le guiara. Las lágrimas eran también, sus compañeras de fatigas en cada día. Esas lágrimas que tienen la ternura del amor, son especiales y muy diferentes a cualquier otra lágrima. Salen del alma dolida como el zumo exprimido de cada uno de los sentimientos del propio ser. Eso que se entrega dando la vida en ello, pero que a veces – muchas – nos lo cortan de un tajo seco, cual catana afilada sin piedad.

Sonia estaba en ello y, sufría al mismo tiempo que eligió la huída entre las mismísimas tinieblas de la noche. Paso a paso y en cada pensamiento, se sentía más vulnerable ante la soledad de su propio corazón ya latiendo el vacío, pero también mucho más fuerte y aprendiendo de los desgarradores daños que en ocasiones y en absoluto silencio, puede producir el amor – quizá – mal llamado amor.

Al otro lado de aquél montículo – una vez llegado el día – encontró postrada a sus pies, otra pequeña aldea de no más de medio centenar de almas, pero una gran extensión de campo sin horizontes que le permitieran ver otra cosa, que no fuera aquél puñado de casas amasadas entre los propios peñascos nacidos de las entrañas de esa montaña.

Descendió entre aliagas, piedras y algún romero de buen aroma y gusto, en busca de algo que llevarse a la boca si aquéllas gentes aceptaban su presencia. Sabido es que, el hambre no tiene amigos y, se defiende a sangre hasta la última migaja de pan caída al propio suelo, a no ser que, le entres bien a alguien y se convierta en una especie de ángel custodio por propia naturaleza.

La recibieron entre un grupo de hombres y mujeres que, regresaban de algunas faenas en aquéllos campos, mientras caminaban entre el polvo blanquecino de esos milenarios caminos que nunca se sabe si van o vienen. Una vez llegados a un cobertizo en busca de sombra y descanso, compartieron algunas viandas con Sonia, ya que rezumaba un desmayo inminente que hablaba por si solo. Uno de los más jóvenes, hizo romper el silencio al preguntarle de su procedencia. Sonia, le miró a los ojos y guardó silencio. Sintió como una notable electrocución en todo su cuerpo haciéndola enmudecer por largas horas, como una sacudida que le atormentó tanto, que su confusión crecía sin encontrar respuesta alguna a lo ocurrido. Él, no dejaba de observarla en cada una de sus reacciones o movimientos. Tampoco mediaba palabra. Quedaron solos en aquél lugar de silencios caídos de los propios cielos. Como si las almas hubieran desertado de aquél extraño enclave situado en ninguna parte. Sus miradas por si solas se cogieron de la mano, mientras el ocaso aplastaba de nuevo otro día más, augurando una muy larga noche de pensamientos que estrujan el cerebro hasta la extenuación.

Salieron juntos sin intercambiar palabra alguna, emprendiendo uno de los caminos que les sacarían pronto de aquél amasijo de piedras y barro en forma de casas que una vez fueron. El camino sería también muy largo y difícil, pero, ¿Quién ha dicho que el amor tendría que ser fácil?

“Hay ocasiones en la vida, en las que al salir del túnel, te encuentras con esa luz que soñabas”. Sonia, quizá lo consiga en otro plano de la existencia del alma. Su alma.

Francisco Ortega Bustamante

28 – 2 – 2018

 

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