Archivo | septiembre, 2018

LA CUESTA – Francisco Ortega Bustamante.

25 Sep

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Aferrado con fuerzas que van y vienen, casi como las riendas de caballos perdidos, me atrevo a adentrarme en los nutridos bosques de pinares, encinas y otras castas de esa flora que me envuelve en un dorado atardecer.

Persigo una meta que, aún arrastrando los golpes bajos de los baches traicioneros, así como, de las piedras escondidas que te asaltan al descuido, sigo en mi empeño avanzando hacia ese corazón selvático donde no existe ningún ruido, tan solo la paz y el silencio como mejores amigos.

En la soledad del claroscuro, hay instantes de nostalgia de otros tiempos que murieron con sus propios ocasos. Estos son nuevos. Son paridos por cada segundo de ese inmenso reloj de arena terrenal. Ese imaginario péndulo que no cesa. Viene y va.

Aquí abajo, se palpa la caricia de la brisa escondida entre arbustos que, con su aroma y color pardusco que huele a noche, te embriaga hasta bañar tus ojos con esas lagrimas que nunca queremos que vean, pero que son reales, necesarias y sobre todo fieles a nuestros propios sentimientos, así como a nuestro profundo dolor y a nuestra propia necesidad de ser humanos, aunque nos estemos engañando en cada segundo allá afuera, entre yeso y hormigón de una vida de mentira. De una vida de intereses sin más, vacía de contenido y sin entrañas.

Aquí, todo es verdad, como hace medio siglo, cuando apenas podía caminar, pero tenía que hacerlo, aunque la corta edad te gritara en el alma, en la noche. Aún recuerdo la tormenta de piedra junto a aquel pino, escondidos bajo el vientre de una burrita en medio de la nada, mientras los rayos besaban tus pies y los truenos retumbaban en tu alma. El miedo, en esos instantes, es simplemente un muñeco de trapo.

Sí, a veces el regreso a lugares que te marcaron de por vida, le dan cuerda de nuevo a ese tic-tac que de alguna forma vuelve a acelerar tu pecho, rompiendo el silencio del lugar como tambores lejanos. Respiras, y te alimentas del alma viva de la tierra que pisas, de las energías que te envuelven como lo hicieron en su tiempo.

En aquellos duros instantes que se clavaron en tus sesos a hierro ardiendo. He aquí el lugar como punto de partida, de aprendizaje, de escuela viva ineludible, de esas que, aprendes o mueres.

Siento rabia y coraje, impotencia al mismo tiempo, esa fuerte sed por beber de nuevo esas gotas que, bajaban hasta mi boca aporraceado por la canosa lluvia que una vez fue.

¿Oyes? ¿De verdad no les oyes? Es el grito de los fantasmas que siempre fueron, están aquí, lo juro, alguna vez les he visto, nos hemos mirado en la distancia muy cercana y, ahora gritan reclamando su espacio bajo la luna llena que, cabalga por las cumbres entre los troncos de los grandes pinos. Esos gigantes guardianes que vigilan desde lo alto ambas vertientes, que cabalgan una vez más en su silencio y, crean su música del viento al pasar por sus agujas. Ellos lo saben todo, son veteranos de guerra, de luchas contracorriente, y defenderse de los perros cobardes que les dan dentelladas de muerte.

Levantan sus hachas contra ellos, les hieren y les tumban, les despellejan vivos y, desnudos les arrastran ya sin vida lejos de sus cabalgaduras, de sus guardias, de sus lunas, de sus hermanos, de sus pájaros, de sus silencios. Les arrebatan la vida.

¿Pero que estoy diciendo, Dios mío? Ellos seguirán firmes y nosotros nos iremos, yo necesito verles allá arriba, donde siempre estuvieron, yo necesito quererles como a mi me quisieron, me dieron refugio, me amaron en el silencio y, con aquellas aguas de entonces mezclaron mis lágrimas en el suelo, para que no se note que uno es niño, es mejor ser un hombre bueno.

¿Has oído eso? ¿No? Es un beso. El eco en estos lugares de silencio, te devuelve lo que escucha, con ternura, con cariño y, con la luna como testigo. Ella siempre está ahí aunque no la veamos, por lo tanto no se va asustar por un beso de las hadas de la noche, de la magia de sus besos, que con sus alas de seda les lleva bastante lejos. Son portadoras de sueños. Eso dicen. Yo lo he escuchado. Lo dicen. Además lo he vivido, lo estoy viviendo.

La noche se cierne sobre mi cabeza de forma implacable, intentando filtrar el miedo en mi cuerpo, pero ella no sabe que mis huesos se forjaron en la noche tenebrosa. En la noche de los tiempos. Tiempos muy duros de hambre, de sed y de fuego, donde el abrazo no existía y el cobijo eran tus huesos.

No es que piense mucho en ello, ni tampoco sea un recuerdo, es algo que vive dentro.

Aquel camino que baja empedrado hasta su cuello, encierra mucho misterio, muchos secretos. Esa magia que le envuelve como veterano experto, escupe chispazos de historias que una vez ocurrieron. El las sabe, pero las guarda en silencio.

Dicen que hay una dama que vaga por sus senderos, que en las noches de luna se pueden ver sus destellos, su silueta y su pelo. La dama que allí murió asesinada en la cuesta, dejó un legado muy bello como bonita respuesta. Dar paz, dar luz y dar la mano a quien le cueste la cuesta. A quien necesite amor y, a quien pregone en la cima que ha encontrado una respuesta. Que ha hablado con ella.

Paisaje bello sin par, aromas que van y vienen, montañas altas, escarpados rincones, verdes espartizales, aromas de romero, huellas de jabalí y de hombres de medio pelo.

Allá arriba los piñones son tesoros, los madroños, borrachera que endulzan tu cuerpo y tu alma de primavera en otoño.

Con la boca ya endulzada, los besos saben a gloria, son dulces y secretos que, vuelan día y noche por los parajes de ensueño.

Quiero seguir soñando lo que vivo, o vivir lo que sueño, pero un beso en este punto y en su silencio, es un verdadero reto.

Un beso a quien me abraza. Naturaleza pura sin par, aquella que me vio de niño por primera vez caminar.

Aquí he conocido el miedo, pero más tarde la paz, de alguna forma el amor, que tendré que dejar volar.

Me quedo con los silencios, meditación y algunos que otros sueños, con el aire que respiro, con los deseos de vidas, unidas por un empeño.

También existe el lenguaje de las plantas, la energía del lugar, las caricias de la brisa y, el ritmo al caminar.

Es una forma de ver o vernos, de descubrir encantos eternos, que como el amor entre hadas, nunca deje de sorprendernos.

Viviré de ese modo de pensamiento, de fuerza, coraje y del viento, pero sobre todo, de lo que se y no cuento. Es mi despensa. Es mi alimento.

Francisco Ortega Bustamante.

NOCHE DE LUNA LLENA EN CEHEGÍN – ARTÍCULO Y GALERÍA FOB.

25 Sep

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Es posible que en cualquier lugar también pueda ser bella, sin duda, pero quizá no como se da aquí. Por la magia que le envuelve. Por las energías que se intercambian y nos ofrecen un buen cóctel. Por el marco único donde se da y por muchas cosas más.

No es que necesariamente tenga que ser el mejor lugar del mundo para cualquier luna a mitad de la noche, pero seguro estoy de que se dan unas circunstancias únicas.

De cualquier forma, lo que acontece es una bellísima luna ya otoñal – aunque no lo parezca – que nos viene con algunos cambios bastante palpables de que algo está ocurriendo. Que algo está cambiando drásticamente y, la luna – porqué no – nos lo cuenta. Son una forma de manifestaciones diversas como mensajes inequívocos que ya no sabemos interpretar. “Los antiguos, eran antiguos pero no tontos” y ellos si sabían de lo que hablo yo y, del lenguaje de la luna, las estrellas, el viento, los solsticios, los cambios que se daban cada cierto tiempo, las míticas cabañuelas…el lenguaje del silencio y la observación. Del aprendizaje a la fuerza.

La contemplación casi sin parpadear, nos permite ver nacer una noche más a una luna sin par, está claro que es única en cada momento de su vida, nunca es la misma. En su inmensidad, nos acoge y envuelve entre su manto rojizo, para más tarde desprenderse de el cual placenta de madre luna.

No olvidemos la influencia de la luna en nuestras vidas, pues no sólo es fundamental para las cosechas que nos alimentan, también importa en nuestra vida y como se desarrolla según la propia luna.

Un ciclo normal de un periodo, se da cada 28 días, lo que dura un mes lunar, así como un embarazo en la mujer, tiene una duración de nueve meses, lo que dura un año lunar, es curioso, pues aunque mucha gente ya lo sabía, hay otra mucha gente que no, por lo tanto, es nuestro satélite, quien de alguna forma, nos da la vida.

Noches como esta y, lunas como ella, es menester contemplarlas durante largo rato, y respirarla para recibir algo de esas energías que fluyen de alguna manera.

Puede que más adelante, hablemos un poco más de la luna, pero a nivel de astronomía, o quizá también, de leyenda.

Francisco Ortega Bustamante.

LA TRISTEZA – ARTÍCULO FOB.

15 Sep

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LA TRISTEZA

A veces, nos asfixia la tristeza. A veces, también la confusión. La nostalgia de tiempos que no volverán. De momentos únicos, porque ya no podíamos ni podremos tener jamás una segunda oportunidad. Es demasiado tarde. No están.

Son, ese tipo de situaciones que, envueltas en papel emocional, nos convierten en un paquete que jamás viajará a ninguna parte. Como un dulce amargo. Sí, porque la esperanza también nos traiciona demasiadas veces en el deambular por la vida y, nos crea falsas ilusiones que nosotros ya hicimos como verdaderas. Un doble golpe bajo de esos que duelen de verdad pero, en el más profundo de los silencios. Esos silencios que se irán a la tumba con nuestros propios huesos mientras se cuentan sus verdades por un camino sin regreso.

Cierto es que llorar es necesario, bueno y muy aconsejable como una gran válvula de escape. A veces funciona. Otras sin embargo, se hacen demasiado complicadas, incluso nos producen una pesada y larga digestión que puede durar toda una vida.

Las emociones son así de hijas de puta. Podemos llorar de alegría o de tristeza, de dolor o de impotencia, de desengaño o desamor, que aunque parezcan iguales, no lo son. Esas emociones que nos llevan a levantar ánimos como castillos, pero que a poco se diluyen en nada, porque los castillos de arena son bonitos, pero al igual que los sueños, desaparecen sin más, dejándonos en el más profundo de los vacíos. Sí, así es la vida.

Esa vida, que todos dibujamos alguna vez con todos los colores de nuestro estuche, pero que se nos olvidó que el negro también estaba. Y eso que dicen, que el negro no es un color, pero existe. Hay días, demasiados quizá, en los que vemos todo demasiado negro. No es pesimismo, es, la vida.

También existe el color blanco como una forma de equilibrio universal entre ambos, pero que cuando nos coge el tren, lo único universal que vemos, son estrellas, que están demasiado lejanas, como para alcanzar nuestros sueños. Estamos rotos de tanta mentira. De dolores que nunca contaremos. De personas con nombres que no deberían ostentar. No se lo han ganado, ni tampoco cada bocado de pan. Sé de lo que hablo y ellos lo saben. Todos lo sabemos. Es muy triste y lamentable, pero ahí están cada día a cada hora y en cada paso. No me gustan las sonrisas embusteras. Abundan como una plaga muy peligrosa. Como la marabunta que destroza todo a su paso, sin importarle la magnitud de su destrucción. El odio es peor aún.

No es esta, precisamente, una agradable reflexión, pero es, insisto, precisamente, la que sale de otra reflexión muy profunda del avatar diario, ese que te obliga con frecuencia, a espantar a los necios a guantazos, pero como las moscas, ya están acostumbrados a ser rápidos esquivando en beneficio de su propia supervivencia. Sí, a veces nos inunda la tristeza.

Nunca me gustó que me echaran el brazo por encima de mis hombros, jamás. Ellos saben quienes son, yo también. La tristeza nunca viene sola, siempre trae emparejada con ella, algún lastre demasiado pesado que, aún no hemos conseguido arrancarlo de nuestra propia piel. De nuestras entrañas mismas. Sí, esos falsos brazos que aprietan el cuello creyendo que eres tonto. ¡Insulsos! Me dais lástima. Es propio y natural que, corazones buenos, puedan sentir lástima por aquéllos seres que carecen del mismo, haciendo daño por necesidad para su supervivencia. Somos su alimento. ¡Qué lástima! ¡Qué tristeza!

Demasiadas veces, quizá, echamos en falta a esos seres que ya marcharon y, lo hacemos con tristeza sana, de esa que sale del alma, de esa que es limpia como cada lágrima que fluye de ese sentir tan lejano. Somos cuando sentimos. Los que no sienten, no son.

He decidido aparcar la pluma por ahora. Sigo pensando en la tristeza, también en quienes no saben vender otra cosa. La tristeza del amor está demasiado lejos para quienes no saben lo que significa. El amor a todo. El amor a sí mismos, a lo que hacemos o creamos con el alma abierta. A lo que damos a todos sin pedir nada a cambio, aunque nos machaquen constantemente con la envidia, el odio y el terror de tenerles cerca. Simplemente son seres sin alma y sin ganas de tenerla. Todos lo sabemos. ¡No quiero contagiarme!

Las lágrimas brotan como un diminuto manantial que, ha explotado sin más, porque la emoción, a veces, entristece todo nuestro ser. Porque alguien se ha marchado, o alguien tiene un corazoncito muy tierno que, apenas ha empezado a latir. No deseamos la tristeza, pero existe. A veces, sin buscarla, siempre hay alguien que se encarga de servírtela en bandeja para que no te falte.

Para mí, la tristeza es, una forma de vida, es compañera y amiga, me cuida y me mima, me habla en la oscuridad y en el silencio, y nos contamos secretos. No es mala, es…triste.

 Francisco Ortega Bustamante.

 

JOSÉ MANUEL SOTO – SOY ESPAÑOL

14 Sep

ANALFABETOS DE HOY – JESÚS QUINTERO.

11 Sep

MARAVILLAS

10 Sep

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Nuestra Señora de las Maravillas, Patrona de Cehegín, es portadora de éste nombre desde su llegada a ésta Ciudad el día 25 de Julio de 1725, procedente de Nápoles (Italia) de manos del escultor Nicola Fumo.

Posteriormente, y ya en el día 24 de septiembre de 1725, fue bautizada en Cehegín, la primera persona que encabezaría la larga lista de portadoras de dicho nombre: María de las Maravillas. También llamadas: “Mavi” o “Villas”.

Evidentemente, que su extensión de María a Maravillas, desciende de la Virgen María madre de Jesús.

Las poseedoras de dicho nombre, suelen ser serias, seductoras, magnéticas, enigmáticas y muy hábiles respecto a todo lo que tenga que ver con sus relaciones interpersonales. Sus criterios acostumbran a estar basados en la introspección, la reflexión y un particular sentido de la justicia.

No suelen actuar de forma precipitada, y poseen un conocimiento psicológico innato que igual pueden emplear en labores sociales como decantarlo hacia el competitivo mundo empresarial.

En el amor, buscan la estabilidad y la paz a través de la pareja.

MARAVILLAS, es también el nombre de unas flores que emanan un fuerte olor muy agradable. Son nativas de México.

En la India, como gesto de amistad se presentan ramos de Maravillas.

 

FRANCISCO ORTEGA BUSTAMANTE

EL NOMBRE DE MARAVILLAS

10 Sep

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 No son menester grandes pesquisas para afirmar que el nombre de Maravillas, aplicado a la patrona de Cehegín, no fue invención del Padre Francisco Moreno. Algún osado, contra toda evidencia histórica, ha llegado a escribir que la advocación de Maravillas no la había llevado ninguna imagen antes de la Virgen de las Maravillas, de Cehegín. Quién fue capaz de estampar tan solemne disparate, si aún no  ha llegado a su noticia la conferencia que di el año 2000 (tres veces en Cehegín y una en Mataró) sobre las múltiples “Vírgenes de las Maravillas”, esperemos que, al menos de ahora en adelante, no se atreverá a repetir tamaño error. Recuerdo, a este respecto, el “faratute” que casi le da a un joven ceheginero, al decirle yo que había varias Vírgenes de las Maravillas, y que algunas eran anteriores a la de Cehegín. Me replicó, lívido y desencajado: “¡Y yo que me creía que nuestra Virgen de las Maravillas era la única! ¡Se me han caído los palos del sombrajo!”

 Está claro que el P. Moreno, encaprichado del nombre de Maravillas, determinó ponérselo a la nueva imagen mariana encargada a Nápoles; y ya antes de venir la Virgen a Cehegín, se fue difundiendo ese nombre por el pueblo. Según él mismo cuenta, la víspera de llegar la imagen, la gente cantaba por las calles una copla, inspirada, sin duda, por él: “Esta noche es nochebuena y no es noche de dormir, porque la Virgen de las Maravillas por mañana ha de venir”. Salta a la vista que el P. Moreno tenía pensado y repensado el nombre, antes de que la imagen arribara a Cartagena, pues allí mismo se lo impuso, previo sorteo cinco veces repetido, en el que su papeleta salió siempre ganadora, sorteo que volvió a repetirse en Cehegín con idéntico resultado.

 ¿Conocía el P. Moreno el nombre de Maravillas, ya existente? No puede caber la menor duda, según vamos a demostrar. La Virgen de las Maravillas más famosa en España era, a la sazón, Ntra. Sra. de las Maravillas, de Madrid, muy popular ya en el siglo XVII, bajo el reinado de Felipe IV. Huelgan todas las elucubraciones sobre qué imagen de las Maravillas pudo influir en el P. Moreno para decidirse a adoptar ese nombre, desde el momento en que consta, por su biógrafo, que “salió un excelente misionero, y llegó repetidas veces a misionar en la corte de Madrid”. ¿Se imagina alguien que el P. Moreno, el amartelado “Loco de la Virgen”, hubiera dejado de visitar a la popularísima Virgen de las Maravillas, en sus estancias en Madrid? Esta predilección del P. Moreno por el nombre de Maravillas no obsta a la interpretación tradicional de que ese nombre presagiaba las maravillas de la gracia que la sagrada imagen había de obrar entre sus devotos; y que esa aspiración o deseo del fraile tal vez fueron los que lo inclinaran a preferir tal nombre. Ni cabe tampoco descartar que la elección del nombre de Maravillas se debiera a las maravillas artísticas que el fraile iluminado confiaba ver en la imagen ensoñada, sueños que el escultor logró plasmar en la incomparable efigie. A menos que le concedamos, obviamente, al P. Moreno dotes de profeta o adivino, ¿cómo podía él escoger un nombre que aludiera a la extraordinaria fuerza milagrosa de la imagen, ansiada y presentida, pero aún no experimentada, o a su fabulosa perfección artística, pero jamás imaginada? Quede, pues, bien asentado que, para 1725, estaba harto divulgado el nombre de Maravillas, desde un siglo atrás al menos, y no sólo en Madrid, sino por España entera. Así, lo atestigua el carmelita P. Antonio de Santa María: “Las Religiosas Carmelitas Recoletas gozan de la milagrosa imagen de Nuestra Señora, que llaman de las Maravillas, bien conocida en España por sus prodigios”.

 Si al P. Moreno le embelesó y entusiasmó el nombre de Maravillas, quizá fue porque preveía en él un contenido especial, ya que soñaba con una imagen que fuera realmente un compendio de maravillas, tanto por su portentosa figura, como por su prodigiosa virtud taumatúrgica. Pero, lo que sí está claro es que el P. Moreno no se inventó un nombre que ya existía, sino que hubo de tomarlo lógicamente de alguna de las imágenes veneradas bajo ese título en España por aquel entonces. Lo único que puso el padre fue su tenaz empeño en que se llamara así la flamante imagen napolitana.

 Veamos, por último, la explicación del nombre de Maravillas, de la que circulan tres versiones. Según unos autores, el convento de carmelitas se llamó así por haber encontrado en el huerto un Niño Jesús, sentado entre florecillas llamadas maravillas, Niño que luego colocaron entre las manos de la Virgen, pues encajaba perfectamente. Para otros, y es más verosímil, una vez trasladada a Madrid la imagen en 1622, estuvo tres años en casa del escultor Francisco de Albornoz, que la restauró, y allí surgió el nombre de Maravillas, por haber colocado junto a la imagen una maceta de flores llamadas maravillas. Por último, una tercera tradición mantiene que Ana del Carpio, mujer del escultor, tuvo repetidas veces un misterioso sueño en que veía a la Virgen pidiéndole albergue en su casa, al tiempo que abría sus manos y le mostraba a su divino Hijo, a quien servía de trono un ramillete de flores maravillas. Lo que sí es incuestionable es la dependencia del nombre Maravillas de la flor maravilla o Calendula officinalis, flor que definen así los diccionarios: “Planta herbácea, con flores en cabezuelas, de color anaranjado. Es planta comunísima como ornamental en macetas y jardines. El cocimiento de sus flores se ha usado como antiespasmódico”. Se parece bastante a la margarita, aunque es menor su tamaño.

 Finalmente, procuraré encalmar al ceheginero de marras, pajizo del sobresalto, cuando se enteró de que había otras Vírgenes de las Maravillas. La existencia y preexistencia de casi una treintena de ellas no difumina ni menoscaba la prevalencia de la de Cehegín; antes, al contrario, hace que su figura se magnifique, puesta en parangón con las otras. Podrán otras Vírgenes de las Maravillas aventajar a la ceheginera en aristocracia o antigüedad, en popularidad o riqueza, pero lo que es en sublimidad de inspiración, en finura de modelado, en delicadeza de semblante, en galanura de atuendo, en bizarría de colorido, en gallardía de cuerpo, en donaire de talle, en garbo de movimiento, en ternura de mirada, en dulzura de expresión, y en hechizo de Niño, en todo eso la patrona de Cehegín sobrepuja largamente a las demás, o como diría un castizo ceheginero: “Nuestra Rubia le saca veinte pleitas a todas sus tocayas”.

 GORTÍN.