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LA TRISTEZA – ARTÍCULO FOB.

15 Sep

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LA TRISTEZA

A veces, nos asfixia la tristeza. A veces, también la confusión. La nostalgia de tiempos que no volverán. De momentos únicos, porque ya no podíamos ni podremos tener jamás una segunda oportunidad. Es demasiado tarde. No están.

Son, ese tipo de situaciones que, envueltas en papel emocional, nos convierten en un paquete que jamás viajará a ninguna parte. Como un dulce amargo. Sí, porque la esperanza también nos traiciona demasiadas veces en el deambular por la vida y, nos crea falsas ilusiones que nosotros ya hicimos como verdaderas. Un doble golpe bajo de esos que duelen de verdad pero, en el más profundo de los silencios. Esos silencios que se irán a la tumba con nuestros propios huesos mientras se cuentan sus verdades por un camino sin regreso.

Cierto es que llorar es necesario, bueno y muy aconsejable como una gran válvula de escape. A veces funciona. Otras sin embargo, se hacen demasiado complicadas, incluso nos producen una pesada y larga digestión que puede durar toda una vida.

Las emociones son así de hijas de puta. Podemos llorar de alegría o de tristeza, de dolor o de impotencia, de desengaño o desamor, que aunque parezcan iguales, no lo son. Esas emociones que nos llevan a levantar ánimos como castillos, pero que a poco se diluyen en nada, porque los castillos de arena son bonitos, pero al igual que los sueños, desaparecen sin más, dejándonos en el más profundo de los vacíos. Sí, así es la vida.

Esa vida, que todos dibujamos alguna vez con todos los colores de nuestro estuche, pero que se nos olvidó que el negro también estaba. Y eso que dicen, que el negro no es un color, pero existe. Hay días, demasiados quizá, en los que vemos todo demasiado negro. No es pesimismo, es, la vida.

También existe el color blanco como una forma de equilibrio universal entre ambos, pero que cuando nos coge el tren, lo único universal que vemos, son estrellas, que están demasiado lejanas, como para alcanzar nuestros sueños. Estamos rotos de tanta mentira. De dolores que nunca contaremos. De personas con nombres que no deberían ostentar. No se lo han ganado, ni tampoco cada bocado de pan. Sé de lo que hablo y ellos lo saben. Todos lo sabemos. Es muy triste y lamentable, pero ahí están cada día a cada hora y en cada paso. No me gustan las sonrisas embusteras. Abundan como una plaga muy peligrosa. Como la marabunta que destroza todo a su paso, sin importarle la magnitud de su destrucción. El odio es peor aún.

No es esta, precisamente, una agradable reflexión, pero es, insisto, precisamente, la que sale de otra reflexión muy profunda del avatar diario, ese que te obliga con frecuencia, a espantar a los necios a guantazos, pero como las moscas, ya están acostumbrados a ser rápidos esquivando en beneficio de su propia supervivencia. Sí, a veces nos inunda la tristeza.

Nunca me gustó que me echaran el brazo por encima de mis hombros, jamás. Ellos saben quienes son, yo también. La tristeza nunca viene sola, siempre trae emparejada con ella, algún lastre demasiado pesado que, aún no hemos conseguido arrancarlo de nuestra propia piel. De nuestras entrañas mismas. Sí, esos falsos brazos que aprietan el cuello creyendo que eres tonto. ¡Insulsos! Me dais lástima. Es propio y natural que, corazones buenos, puedan sentir lástima por aquéllos seres que carecen del mismo, haciendo daño por necesidad para su supervivencia. Somos su alimento. ¡Qué lástima! ¡Qué tristeza!

Demasiadas veces, quizá, echamos en falta a esos seres que ya marcharon y, lo hacemos con tristeza sana, de esa que sale del alma, de esa que es limpia como cada lágrima que fluye de ese sentir tan lejano. Somos cuando sentimos. Los que no sienten, no son.

He decidido aparcar la pluma por ahora. Sigo pensando en la tristeza, también en quienes no saben vender otra cosa. La tristeza del amor está demasiado lejos para quienes no saben lo que significa. El amor a todo. El amor a sí mismos, a lo que hacemos o creamos con el alma abierta. A lo que damos a todos sin pedir nada a cambio, aunque nos machaquen constantemente con la envidia, el odio y el terror de tenerles cerca. Simplemente son seres sin alma y sin ganas de tenerla. Todos lo sabemos. ¡No quiero contagiarme!

Las lágrimas brotan como un diminuto manantial que, ha explotado sin más, porque la emoción, a veces, entristece todo nuestro ser. Porque alguien se ha marchado, o alguien tiene un corazoncito muy tierno que, apenas ha empezado a latir. No deseamos la tristeza, pero existe. A veces, sin buscarla, siempre hay alguien que se encarga de servírtela en bandeja para que no te falte.

Para mí, la tristeza es, una forma de vida, es compañera y amiga, me cuida y me mima, me habla en la oscuridad y en el silencio, y nos contamos secretos. No es mala, es…triste.

 Francisco Ortega Bustamante.

 

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CUERPOS EN PIEDRA – ARTÍCULO FOB.

26 Jul

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…pues claro que retorcía su cuerpo como una serpiente que, al mismo tiempo, estrujaba el mío con su estremecedor abrazo de muerte. Muerte en vida. Su vida. Parecía una estampa en el tiempo. Una situación esculpida en piedra, para que sea eterna. Tanto como el amor de quien esculpe sus propios sentimientos y los entierra en un inmenso bunker para que nadie rompa la magia. Un tesoro indescriptible. Los egipcios lograron guardarlos hasta la otra vida. Les buscaré cuando llegue.

No es locura, o quizá pudiera serlo. Quién sabe. Cuando entre dos seres se pierden las riendas del tiro que nos mueve, los sentimientos salen como caballos desbocados, para adentrarse entre la más espesa selva algodonada por la intensa niebla que la envuelve. Es como si las almas errantes, buscaran un inmenso escudo que les proteja de la insolente persecución de lo carnal, con largos colmillos deseosos de sangre seca. No puede existir sangre en la piedra esculpida. ¡Que se jodan!

Esos cuerpos quedarán abrazados a sus propias piedras, mientras que el martillo del hombre no rompa las puertas de lo oculto. ¡Sólo el hombre!

 

25 – 7 – 2018                                                     Francisco Ortega Bustamante

EL “65” – LA MAGIA DE UN NÚMERO – ARTÍCULO FOB.

13 Jul

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I

Es cierto, que la vida tal y como la conocemos, o nos la han hecho ver, además de dividirla con ciertos repartos a la tarta según los comensales o, según las preferencias de quien parte la dichosa tarta, se nos ofrece ya un condicionamiento de por vida, ya sea en días, meses o años, y no hablemos de la importancia que tienen los minutos o segundos – incluso – hasta las milésimas de segundo – digamos – esas que están ahí para que no te de tiempo a reaccionar, pero siguiendo lo establecido por – quien de alguna manera – timonea nuestras vidas.

Si en realidad hiciéramos un juicio real, minucioso y preciso de nuestras vidas, lo mismo explosionaríamos descomunalmente, al darnos cuenta que no cuenta, o quizá, no ha contado lo suficiente como para que podamos decir abiertamente que la hemos vivido. Tan sólo, recuerdos vagos o puntuales. Otros pensarán que sí, puede ser, o no. La realidad es otra.

Lo cierto y verdad es que, a lo largo de los años, se acumulan muchas experiencias, tanto propias como del resto de testimonios o confesiones después del tiempo. Sí, una vez que has saltado el “65”, ese número mágico al que todos deseamos llegar buscando un descanso de sueño, pero que en muchas ocasiones, se han encontrado con un sueño eterno para el descanso.

No es pesimismo, es una constante y latente realidad de la que no nos gusta hablar, pero que indudablemente, la tenemos mucho más en nuestra mente cada segundo, como si en realidad nos convirtiéramos ya, en guardianes permanentes de aquéllos trocitos o migajas de tarta vieja. Aquélla que una vez cortaron para nuestras vidas. Casi todas las tartas tienen fecha de caducidad.

La vida, a veces, si que nos puede ofrecer verdaderos manjares, también grandes oportunidades de ser un poco mejores y algo más felices en el tiempo, ¿pero qué tiempo? ¡Siempre pasa volando!

Cierto es que, una vez que el “65” empieza a formar parte de nuestro pasado – quizá – nos tranquilizamos en pausas temporales que nos aporten nuevos brotes preñados de chispazos de vida. Sonrisas de verdad bajo la solera del tiempo. Como el buen vino.

Caminar sin prisas ni empujones. Leer sin que nadie nos hacine las letras hasta emborrachar nuestras mentes ya en estado jubilar. Pisar la hierba de los campos entre el sosiego y los aromas de juventud adulta. Sí, esa que te permite apreciar y valorar en su justa medida los pequeños detalles y, hasta donde pueden llegar a engrandecernos, como un merecido premio a los números mágicos.

Siempre he dicho – y lo repito – que la vida es la mayor hija de puta que existe, ya que nunca te regala nada, más bien te quita, y si quieres algo de ella, te lo tienes que conseguir por tus propios medios, y si alguna vez te da algo, casi siempre es la muerte.

Hay diversas formas de muerte, pero al final siempre gana la de la guadaña. Otra hija de puta que siempre se lleva a quien más necesitamos o, a quien ni siquiera ha empezado a vivir. Jamás conocerán al “65”.

Sin duda alguna que, una vez vencido el número y su significado, también vamos a por todas, o por lo menos, intentamos ser lo que siempre hemos querido ser, pero que nunca pudimos serlo porque nos anularon hasta cumplir la condena del “65”. ¡Ya estáis en libertad para hacer lo que os de la gana, pero daos prisa!

Es – digamos – una forma de ver la vida con un poco más de frialdad, profundidad o pura realidad, esa que casi nadie quiere tocar, o que simplemente, le dan la vuelta como a la tortilla de patatas, así, al poner lo quemado hacia abajo y la cara buena hacia arriba, parece que va estar mucho más rica y sabrosa. Algunos han comprobado muchas veces que, las apariencias engañan, pero sonríen para que encima no se les note que, también se habían quemado la lengua con esa tortilla de dos caras. La vida.

II

En este preciso instante, acabo de alcanzar al “65”, no sé si celebrarlo de alguna manera compartida con el silencio y la paz que me acompañan, o regar la magia de ese número con unas cuantas lágrimas de emoción, memoria, nostalgia, recuerdos y miles de sueños que jamás se cumplirán. Sueños que, no son sólo míos o para mí, ya que en realidad, también existen corazones grandes y pequeños corazoncitos, que desean ver muchos más números colmados de arcos iris para sus vidas. Es una forma de esperanza mutua. De felicidad sin cortapisas. Una necesidad en la que todos pensamos.

La vida da para todo, pero hay momentos – demasiado prolongados a veces – que se hacen muy difíciles de digerir, golpes demasiado fuertes y duros, que son para toda la vida, y jodidamente, nos pasa a todos en mayor o menor grado, pues a cada uno le duele lo suyo. También muchas alegrías o no. A veces, el destino que nos toca, también es demasiado cabrón. No perdona.

Acabo se sacar y poner sobre mis manos, los pinceles con los que trabajara – incluso – después de elaborarlos con sus propias manos, Francisco García Arévalo, creando sin duda, verdaderas obras a lo largo de su dilatada entrega a este arte, con lo cual, he decidido – aunque de un modo imaginario – utilizar sus pinceles para que de forma animada, puedan dar algo de color a mi vida. A nuestras vidas, y como no, también a ese número “65” por el que pagamos tanto dinero al cabo de nuestras vidas, pero que siempre se lo llevan quienes han cortado la tarta.

Una vida injusta impuesta por el hombre y para el hombre. Un autocastigo de rebaño. Un descaro que jamás veremos porque siempre miramos hacia otro lado o agachamos la cabeza. Siempre callaremos por un “65” que cada día está mucho más lejos de alcanzar.

Son las 0,39 h del día 13 – 7 – 2018

Francisco Ortega Bustamante

“TÚ ERES LA HISTORIA Y LA PALABRA”

2 Jul

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Las palabras, cuentan historias. Hay historias sin palabras. Existen palabras que, dichas en el momento oportuno, ya son historia en si mismas. A veces, buscamos palabras para hablar de especiales historias y, no hay forma de encontrarlas. No existen. No están hechas ni atrapadas en ningún diccionario. No ha habido pluma que fuera capaz de escribirlas. Ahora tengo un grave problema para describirte y, mucho más – si cabe – para decir lo que siento ante una presencia desplomada de un cuadro abstracto, ahí, esparcida entre ladrillos de barro viejo. Incluso entre las viejas piedras de un anciano claustro inventado en medio de la nada. Una obra de arte que, según se mire, seguirá siendo abstracta en su belleza de lo incomprendido.

Te he reconocido al pasar junto a ti casi sin darme cuenta, pero un fugaz efecto boomerang (bumerán), me ha hecho retorcer mi pescuezo, para encontrarme de nuevo con ese arponazo que disparan tus ojos sin piedad ni regodeos. Eres como la muerte más dulce y silenciosa. Matas con tu presencia. Pero nadie lo sabe. Yo sí, y lo sabes; claro que lo sabes.

Eres esa muerte viva que, primero la das y luego la quitas. Sí, esa muerte que consigue crear adicción a ti como si fueras una potente droga. Mereces la pena, o no, porque eres vida y muerte. Eres luz y oscuridad. Eres alegría y tristeza. Eres el equilibrio que desequilibra. También eres lo que me gusta que seas. Eres sueño de letras. De palabras abstractas como tú. Eres incomprendida al mismo tiempo que, demasiado confusa, entre los pilares de una vida demasiado desgastada y herida, por esas otras palabras vomitadas para ser el veneno letal de cada día. Pero sigues estando viva aún siendo muerte.

Criatura. Sí. Criatura de mandamiento. Criatura de labios surcados por la sin piedad. Criatura con ojos que no lloran porque ya no quedan lágrimas de aquéllas de poco precio. Ahora son como diamantes demasiado caros como para permitir que caigan al suelo. Tú les has puesto precio a tus lágrimas. También a las mías y, a las de cualquiera que sepa leer el diálogo de tus ojos, ese lenguaje que fluye desde lo más profundo del silencio. Necesito poseerte infinitamente y, retenerte en la gloria de mi gloria, esa que tanto he ansiado sin saber qué andaba buscando. Ahora me he encontrado contigo y, he creído entender lo que en realidad es imposible lograrlo. No hay palabras. No hay historia si no se puede explicar ni escribir. Pero tú estás ahí, justo ante mi alma que, ha dejado mi cuerpo en el lecho para crear su gran evasión, estar en ti como una sola. Como una fusión sin palabras. Ya no me hacen falta. Ya te tengo.

Ahora no se si existo o no. Tampoco se que hago aquí con una pluma que apenas puede escribir. Pero de lo que si estoy totalmente seguro, es que tengo una historia, pero no tengo palabras.

“Tú, eres la historia y la palabra”

Francisco Ortega Bustamante……….16 – 6 – 2018 – 2,09 h

NO ME GUSTA…

25 May

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No me gusta vagabundear en la noche, pero si me entusiasma hacerlo con ella.

No me gusta tropezar torpemente en la oscuridad de la noche, pero si me gusta cubrirme con su manto celeste.

No me gusta el silencio de la noche, pero si me gusta escuchar la música del silencio.

No me gustan las oscuras sombras de las montañas, pero me envuelven sus aromas de madrugada.

No me gustan los senderos vacíos y solitarios, pero me dan la seguridad de no tropezar con nadie.

No me gustan las estremecedoras tormentas de la noche, pero las sigo como una droga embriagadora.

No me gustan las crecidas de los ríos cuando no les veo, pero si me gusta escuchar el sonido estrepidante de sus aguas.

No me gusta que me sigan en la noche, y mucho menos…. hasta las puertas de un Cementerio.

Francisco Ortega Bustamante 4-7-2006

…y seguía cansado a cada paso pisado en el viejo camino… – (Fragmento de un trabajo de Francisco Ortega Bustamante)

20 Abr

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…y seguía cansado a cada paso pisado en el viejo camino. Algunas ampollas y rozaduras ya pintaban en color rojo sangre, como algunas de las muchas situaciones, en las que la vida, nos empotra contra la pared y nos pincha con su estilete de muerte.

A veces, alguien salva el pellejo. Así son los caminos de la vida, llenos de pequeños baches y de grandes socavones pero, si miras al horizonte de tu camino, se puede salir de todos para seguir caminando.

Ya no duelen las ampollas. No les haré caso ni a ellas ni a su sangre. Elijo seguir caminando, mientras pueda mantener el equilibrio en esta cuerda floja en forma de camino – digo – que nos lleva incluso mucho más allá de lo inimaginable…

“Tú eres tu propio camino”

Francisco Ortega Bustamante 3,19 h – 17 – 4 – 2018

EL DESPECHO – (Fragmento de una novela) – Francisco Ortega Bustamante.

12 Mar

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…y las piedras del camino, se metían entre sus dedos ya cansados de caminar casi descalza. Levantaba su mirada de cuando en cuando, para sentirse acompañada por las estrellas que brillaban en un firmamento que, le ofrecía abstractas figuras del miedo. Seres, quizá, que parecían revivir de la mitología griega. Gigantes, ogros deformes o dioses camuflados con los velos negros de la noche.

Sonia, arrastraba extenuada, ese liote anudado con algo de sus viejos ropajes como único ajuar en su vida, mientras miraba hacia lo alto de un mediano promontorio que arrancaba desde el mismísimo camino. Se detuvo al llegar a una curva que le cerraba la visión con unos cuantos ramajes muy leñosos. Sentía miedo a zambullirse entre las sombras más acusadas – si cabe – que las que ya dejó camino atrás.

Ascendió hasta la cima de aquél montículo, a través de un estrecho sendero que encontró, aunque más bien parecía pertenecer a los noctámbulos animales que buscan su alimento cada noche, dejando así un rastro de pisadas y tierra en blanco, haciendo que resalte en la oscuridad. Ella pudo verlo. Una vez arriba y, buscando una mejor visión que le orientara, rindiose ante el cansancio y la oscuridad que le asfixiaba. Durmió entre unos árboles y matorrales como improvisada cama.

El despecho de un amor truncado, fue el detonante que le hizo huir de su pequeña aldea en busca de aires de otras tierras, puesto que a veces, el amor no comprendido, puede ser el detonante de una explosión como la que estalló en su propio pecho. Muy dolida y vacía, anduvo por caminos y senderos sin brújula que le guiara. Las lágrimas eran también, sus compañeras de fatigas en cada día. Esas lágrimas que tienen la ternura del amor, son especiales y muy diferentes a cualquier otra lágrima. Salen del alma dolida como el zumo exprimido de cada uno de los sentimientos del propio ser. Eso que se entrega dando la vida en ello, pero que a veces – muchas – nos lo cortan de un tajo seco, cual catana afilada sin piedad.

Sonia estaba en ello y, sufría al mismo tiempo que eligió la huída entre las mismísimas tinieblas de la noche. Paso a paso y en cada pensamiento, se sentía más vulnerable ante la soledad de su propio corazón ya latiendo el vacío, pero también mucho más fuerte y aprendiendo de los desgarradores daños que en ocasiones y en absoluto silencio, puede producir el amor – quizá – mal llamado amor.

Al otro lado de aquél montículo – una vez llegado el día – encontró postrada a sus pies, otra pequeña aldea de no más de medio centenar de almas, pero una gran extensión de campo sin horizontes que le permitieran ver otra cosa, que no fuera aquél puñado de casas amasadas entre los propios peñascos nacidos de las entrañas de esa montaña.

Descendió entre aliagas, piedras y algún romero de buen aroma y gusto, en busca de algo que llevarse a la boca si aquéllas gentes aceptaban su presencia. Sabido es que, el hambre no tiene amigos y, se defiende a sangre hasta la última migaja de pan caída al propio suelo, a no ser que, le entres bien a alguien y se convierta en una especie de ángel custodio por propia naturaleza.

La recibieron entre un grupo de hombres y mujeres que, regresaban de algunas faenas en aquéllos campos, mientras caminaban entre el polvo blanquecino de esos milenarios caminos que nunca se sabe si van o vienen. Una vez llegados a un cobertizo en busca de sombra y descanso, compartieron algunas viandas con Sonia, ya que rezumaba un desmayo inminente que hablaba por si solo. Uno de los más jóvenes, hizo romper el silencio al preguntarle de su procedencia. Sonia, le miró a los ojos y guardó silencio. Sintió como una notable electrocución en todo su cuerpo haciéndola enmudecer por largas horas, como una sacudida que le atormentó tanto, que su confusión crecía sin encontrar respuesta alguna a lo ocurrido. Él, no dejaba de observarla en cada una de sus reacciones o movimientos. Tampoco mediaba palabra. Quedaron solos en aquél lugar de silencios caídos de los propios cielos. Como si las almas hubieran desertado de aquél extraño enclave situado en ninguna parte. Sus miradas por si solas se cogieron de la mano, mientras el ocaso aplastaba de nuevo otro día más, augurando una muy larga noche de pensamientos que estrujan el cerebro hasta la extenuación.

Salieron juntos sin intercambiar palabra alguna, emprendiendo uno de los caminos que les sacarían pronto de aquél amasijo de piedras y barro en forma de casas que una vez fueron. El camino sería también muy largo y difícil, pero, ¿Quién ha dicho que el amor tendría que ser fácil?

“Hay ocasiones en la vida, en las que al salir del túnel, te encuentras con esa luz que soñabas”. Sonia, quizá lo consiga en otro plano de la existencia del alma. Su alma.

Francisco Ortega Bustamante

28 – 2 – 2018