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OTOÑO EN CEHEGÍN – ARTÍCULO Y GALERÍA FOB.

16 Nov

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Existen paisajes de otoño y, otoños que te regalan bellos paisajes mientras se despiden hacia su letargo invernal.

Yo los veo y me recreo en su belleza infinita, como una verdadera estampa de naturaleza y vida, de sueños y poemas, de lienzos engendrados en óleos sin tiempo que, perpetúan esa imagen para siempre expuesta en el salón de nuestras vidas.

También intento atrapar dentro de si mismo, esos aromas que deja un otoño, como una estela de esa estrella fugaz que una noche pasó frente a nosotros. Larga y ardiente. Una noche otoñal en la que te da la impresión de culminar con esa estrella, el mejor de los deseos. Una noche de otoño que, mientras más fuerte se hace, mucho más le amas. No hay palabras – quizá – que sean capaces de describir lo que un ser puede llegar a dibujar en su lienzo de la noche, mientras respiras ese inconfundible aroma de naturaleza viva en todos sus sentidos. Algo que, se atesora como fuente de inspiración y de amor real a lo vivido. ¡Qué hermosa naturaleza!

A veces, los colores que nos ofrecen, resultan camaleónicos según las diferentes luces de cada hora, son cambiantes a lo largo del día y la propia noche, pues no en vano, hay lunas que engalanan aquello que el día no logró.

La poesía está escrita en cada hoja amarilla, también a lo lejos, sí, al fondo de esas alfombras de paisajes respaldadas por las grandes montañas, como guardianes del tiempo. De la vida. De los sueños y de esas esperanzas que a todos nos inundan – con alguna lágrima – esperando que esa estela de la estrella fugaz, nos permita ver un otoño más.

Francisco Ortega Bustamante.

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LIBERTAD

15 Nov

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En ocasiones, puede que me pierda por los senderos de la vida, esos que te llevan demasiado lejos pero que no conducen a ninguna parte. Me gustan precisamente por eso. Es una forma de no tener que depender de un punto. De un lugar esté donde esté. Pienso que hay veces – muchas veces – en las que es mejor no saber hasta donde iremos a parar. Ya llegaremos.

Precisamente en ese supuesto deambular poniendo tierra por medio, es cuando realmente nos damos cuenta, que sí que existían otros caminos diferentes en la vida, para poder tomarlos y conocer o descubrir a través de ese viaje inventado nuevos modos de vida, viéndolos desde otro ángulo diferente a la monotonía que nos devora cada día y a cada paso.

Las luces y las sombras que nos drogan, precisamente, en ese circulo viciado en el que habitamos, ya quedarían entonces muy atrás en el tiempo, así como en la propia visión de las cosas o normas a las que estábamos encadenados de por vida. Una vida que nos ordenan como tenemos que vivirla según lo establecido. Ya ves. ¡Que se jodan!

Me encanta elegir – dentro de mis posibilidades – que hacer, cuando, como, donde y con quién, sin tener que ceñirme a ese estrecho cinturón inquisitorial que nos estrangula más y más a cada paso. No me da la gana. Yo elijo mi libertad para ser libre, sin tener que decir cada día, que somos libres pero en voz baja. ¡Mentira!

Es cierto que una buena dosis de locura, nos aporta otra cierta dosis de libertad, puesto que te otorga, en cierto modo, alas para volar y escapar en busca de más vida sin dosificar, sí, esa que nos obligan a vivir con cuentagotas. Me encanta entonces, poder pintar mis propios paisajes a mitad de cualquiera de esos caminos que, de vez en cuando, debiéramos tomar.

Incluso te puedes permitir enamorarte, claro que sí. Ese amor que quizá hemos soñado durante años pintándolo de mil colores en cada uno de nuestros sueños. Enamorarnos pues, de las flores y los campos, de los árboles y ríos, también de las montañas inmensas, o de la persona que nos aporte cada latido de su corazón como una entrega mutua. Un amor de verdad que rompa con todos los esquemas o patrones en desuso. Un amor – digo – para vivirlo a plena libertad en cuerpo y alma.

Francisco Ortega Bustamante.       

“UN VIVO ENTRE LOS MUERTOS” – ARTÍCULO Y GALERÍA.

5 Nov

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…y caminaba en la noche casi perdido, mientras pisaba la niebla que me acorralaba más a cada paso. Me hubiera gustado encontrar algo de refugio bajo algún destartalado chamizo recostado en un ribazo. Me abrazó ese cementerio entre sus cuatro paredes, de las que se entra para no salir jamás, o eso dicen. Un vivo entre los muertos.

Panteones o mausoleos, nichos y pabellones enteros, el parpadeo de algunas luces con olor a cera, incluso el vuelo de las coronas, giraban suspendidos por la espesa niebla sobre mi cabeza – digamos – como una infernal espiral con intenciones de arrancar mis pies del suelo. ¡No me da la gana, me quedo!

Esa noche de las que llaman de las Ánimas del purgatorio, se convirtió en un fortuito escenario de estudio y reflexión. Un lugar que, por las propias circunstancias, más bien le hubiera llamado:

“el lugar donde pernoctan ya sin tiempo, las almas de aquéllos que tuvieron que marchar sin equipaje”.

Las enlutadas fotos de cada nicho, parecían tener vida propia, pues sus miradas se clavaban en mi cuerpo mientras seguían mis pasos sin parpadeos. ¡Si están muertos porqué miran!

Entiendo que era un intruso en su alcoba celestial. Que rompía su silencio o la paz de sus lechos de ladrillo y cemento. Posiblemente su sueño eterno.

He hablado con ellos ya entrando en la madrugada mientras levantaba la niebla. Algunos claros, dejaban ver quizá algo mejor, la arquitectura de la muerte. Los cipreses erguidos como fieles guardianes y compañeros, pero al mismo tiempo, también mudos testigos de quien entra y sale en cada noche, mientras que cobijan a nobles pájaros bajo sus pobladas ramas como hoteles de muchas estrellas. Sí, los cipreses también guardan muchos secretos, de esos que levantarían a un muerto si los contaran.

Mi quietud y mi silencio, me permitían oír al propio silencio, ese que no hay palabras para expresar su lenguaje, ese que, sin apenas darte cuenta, se ha metido en tus propios huesos. El que te inmoviliza y veta tus propios pasos. Quizá no es miedo, pues la realidad de las almas que deambulan, es mucho más fuerte que cualquier miedo. Esas almas que, cuando tienes la suerte de poder verlas, aunque no de poder describirlas, el miedo se convierte en paz, la noche en tu compañera y los muertos…significan ese abrazo, que todo vivo quisiera.

Francisco Ortega Bustamante

Y la tarde apuraba sus últimos sorbos de sol. – Artículo y galería FOB.

26 Oct

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…Y la tarde apuraba sus últimos sorbos de sol, como si fuera el último bocado a un bocadillo o la última calada de un cigarro que ya no quema. Todo se apaga, incluso cada uno de nuestros días. Hoy ha sido uno más, quizá, uno menos.

He pisado entre aliagas y romeros. He subido a lo alto de un cerro coronado con uno de esos últimos rayos dorados de atardecer y de sueños. Sí, sueños. Quizá demasiados sueños en el silencio de un alma hambrienta de naturaleza. De árboles y paisajes. De montaña y viento. De silencios otorgados cuando sales a su encuentro.

Claro que he buscado, pisando piedras y senderos. He respirado la brisa, que acariciaba el silencio y, su música sonaba, entre las agujas de pinos y matojos al mismo tiempo. He bebido la esencia de su silencio, mientras sentía el abrazo de montañas con historia, que fabrican energía, esperanza y muchos más sueños.

Con mi mano derecha, alcanzaba a pasarla por su lomo en pura caricia a esa rubia peña. Con mi mano izquierda, recogía aguas del río para enjugar mi boca. Con mi mirada y mis labios, he contemplado y besado la cima cumbre mágica de sierra Quípar y, he llenado mis pulmones, con los aromas del Paraíso.

Cerrando mis ojos he viajado en el tiempo. También estaba muy cerca de mis muertos y, les he hablado. Ya falta poco para esa fecha, pero me he adelantado. He guardado silencio y escuchado su mensaje, relajas el pensamiento, te impregnas de ese silencio. Vives bellos momentos de libertad y sosiego, de inspiración y reflexiones entre aromas de romero.

He descendido en pausado y contenido a cada paso, con miedo. Sí, miedo a seguir adelante dejando atrás ese encuentro y, que la noche lo envuelva y lo acurruque en su lecho. Miedo a la no certeza, que lo humano ya se sabe, pues confundimos lo que es, con lo que cada uno pare, pues no vemos la enseñanza, de la naturaleza madre, ignorando como tontos, que ella si es la que sabe.

He sentido en mi cuerpo y en mi alma, las sombras ya acercarse, pues la noche no perdona, ni la muerte, ni el desastre, ese que provocamos a cada instante. He terminado el camino y, he encontrado esa luz que, me regala la noche. Las torres iluminadas me esperan a lo lejos, allá en lo alto de un pueblo que no quiere que trasnoche, más bien que vuelva pronto, con un trocito de monte.

Francisco Ortega Bustamante          25 – 10 – 2017

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UN CARTEL DE FELICITACIÓN PARA TODOS DESEANDO SIEMPRE LO MEJOR PARA NUESTRAS FIESTAS – FOB.

8 Sep

CARTEL DE FELICITACION FIESTAS 2017-

LA VENTANA – ARTÍCULO Y FOTO FOB.

2 Sep

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Sí, una ventana siempre es necesaria, aunque sea vieja. Dicen que lo viejo significa que no vale. Es mentira. Siempre recurren a los viejos mientras tratan de mirar la vida por la ventana, recordando cada uno de los pasos que dieron por los pueblos con la espada en alto contra el hambre.

Claro que nos habla la ventana. Ella sabe mucho de lo que ocurre dentro y fuera de ella porque mira al mismo tiempo a ambos lugares. También sufre como nosotros. Tiene frío por fuera, destemplada, y calor por dentro de sus entrañas. Ha visto demasiadas muertes.

Ha mirado a la calle buscando las casas de un pueblo colgadas en la cuerda floja. En su balanceo, esquivan si pueden el odio, la penuria, o simplemente las sonrisas de perfolla. Las que no se sostienen porque son mentira. Como todo. Como todos.

Sus grietas y arrugas te hablan por si solas. Saben que son viejas o mayores. Por eso las buscan, como a nosotros. A una ventana siempre se le extrae todo el jugo posible a lo largo de sus años, como a nosotros. Cuando no  sirve, se abandona en un rincón donde no las vea nadie porque son viejas. Como a nosotros.

Ellas, las ventanas, saben muy bien donde está la luz, por experiencia. Los viejos también saben o sabemos sacar de la oscuridad a los más jóvenes, por eso nos buscan.

Cuando somos demasiado viejos, como las ventanas, nos arrinconan con ellas para que no nos vea nadie. No son tontos. No nos tiran porque siguen comiendo de los viejos. Ya ves. Lo viejo no significa que no vale para nada. Seguimos produciendo hasta la muerte. La última ventana.

Francisco Ortega Bustamante

DESPERTAR – FOB.

23 Ago

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No es sino, más que un sueño.

Cierto es que acabo de despertar de él mismo.

Fallida realidad que se pasea ante mí.

Eso tienen los sueños. Algunos.

Otros son peores, llegando incluso a demacrar el rostro para siempre.

Es, la viva estampa del desengaño de lo vivido.

Ilusiones que fueron en la penumbra de una mente que busca – hambrienta quizá – de esos estímulos con sabor a miel de mentira.

Pero se sueña…

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Francisco Ortega Bustamante